lunes, 14 de noviembre de 2016

El Huehue de Antonio Ortiz



Por Edgar Hernández Cruz

Es verdad que en el mundo del arte ya nada es verdad, o que ha llegado a ser obvio que nada es obvio cuando hablamos de arte. Para una cultura generalmente inconsciente de sí misma, de las formas históricas y relaciones estructurales que le dan lugar, tanto la historia global como la local obnubilan en lugar de aclarar, abruman en lugar de disipar.
 Sucede así en nuestro entorno mexicano y oaxaqueño, donde, hablando de arte, las tradiciones modernistas y decimonónicas han anidado en la memoria colectiva desgraciadamente quizá para siempre. El tono de lamentación proviene de la pena que provoca una doble confusión historicista: por un lado, la idea de nuestro pasado que se figura sepultado e irrecuperable, cuando en realidad está vivo y es determinante; por el otro, la falsa sensación y vanidad por una modernidad que ni podemos figurarnos inmediatamente como cercana y tampoco obedece a ese anquilosamiento pseudovanguardista con el que pretendemos reducir el fenómeno de la modernidad a uno sólo de sus aspectos, el de la ruptura con la tradición.
Otra de las verdades falsas en el terreno del arte, que demuestra la vigencia del fetichismo que despierta el objeto artístico, es precisamente la idea de que en el mundo del arte lo que importa son las pruebas, la obra acabada (como totalidad cerrada), el objeto mismo, que el artista no hable, que demuestre su punto en el objeto, y que el work in progress es una mentira más del arte contemporáneo. Pero ¿Qué es el objeto propiamente?
Cuando hablamos del objeto estético inevitablemente tenemos que hablar del proceso por el cual este objeto es generado. Objeto y proceso son una y la misma cosa, así como el soporte y la presentación de la obra, lo mismo que en el mercado el proceso y la mercancía final comportan una relación dialéctica, y para aclarar uno tenemos que recurrir al otro. 
No es superficial ni carece de importancia el hecho de que una pintura que represente un paisaje devastado por la técnica, como crítica a la hipermodernidad vigente y sus estragos sobre el medio ambiente, sea creada con materiales que precisamente en su fabricación contribuyen a la devastación del planeta. 
El artista debe estar consciente de todos los momentos que determinan su producción: materiales, formas de composición, relaciones sociales de poder y de simbolización, etc. Por ello, la crítica de arte contribuye abordar la mayor cantidad de momentos que atraviesan el proceso creativo, no se conforma, como buen capitalista, con los resultados finales, ignorando la lógica que posibilita la creación misma de los objetos. Tú no hables, no pienses, tú demuéstrame es la premisa de quien quiere que el arte le hable sin querer realmente escucharlo. La crítica de arte tiene como objetivo destruir esa premisa, con el objetivo de devolverle al arte el potencial crítico que el mero entretenimiento y el consumo artístico le han privado. 
Antonio Ortiz es un artista que desde hace tiempo trabaja en el terreno propio de esta herida. Clown, agricultor, performancero, teatrero, impresor, mayordomo… el Hueue [1] , como le dice su familia desde que era niño, entiende que el arte es un cuerpo atravesado por diversos flujos e intensidades, que provocan una descarga y la activación o inhibición de un comportamiento o sentimiento específicos, reales como el sol o la amistad, y que es en ese terreno, el del proceso artístico y las fuerzas que conlleva, donde el artista debe centrar sus nervios, no únicamente la creación de objetos bellos o problemáticos, sino la modificación de las propias relaciones de poder que hacen posible tanto a la experiencia cotidiana como al propio universo artístico. 
El rito es esencial al objeto, el pliegue y el decorado dan sentido al espacio mismo. La palabra del Huehue es como un marco en una pintura barroca, sin el cual la pintura misma carecería de dialéctica y sentido con la realidad y el interior del cuadro que presenta. En la palabra del Huehue, el poder convocante o disolvente se manifiesta como intensidad política y metafísica al mismo tiempo: lo que importa al Huehue es al mismo tiempo lo que dice y cómo lo dice, la obra y el proceso (ritual) social que ésta conlleva. 
Si el Huehue cumplía la función de convocar y ritualizar lo cotidiano, Antonio Ortiz ha asumido esta tarea como eje de su universo creativo. Sus obras gozan de una fuerza y vitalidad que el provinvicianismo no ha podido recuperar a fuerza de repetirse hasta el cansancio, y que el llamado arte contemporáneo encuentra sólo a partir de la tradición de las vanguardias europeas, sin que haya podido asumir todavía el universo local de sentido. 
Echando mano de una función y un arte originarios, Ortiz actualiza y funde el ritual del arte con el ritual social. La creación de sentido es un problema que Ortiz no resuelve con un monólogo en su taller, en lo privado, sino que involucra a los actores que participan en el proceso de creación de lo real, es decir, todos nosotros, puesto que su objetivo es, como ya aconsejaba Marx no sin ironía, transformar la realidad en lugar de interpretarla.
De esta manera, Ortiz entiende que el presente es una imagen actualizada del pasado, que también hay que saber interpretar para poder transformar. Antonio Ortiz desentraña lo arcaico que hay en nuestras conductas aparentemente nuevas, muestra a la modernidad como el arcaísmo no superado de relaciones basadas en el anestesiamiento y la obediencia ciega a ciertas figuras de autoridad.
Por eso sus obras y acciones tienen el carácter vivo de ser problemas actuales, aún sin resolver. Con sus acciones, Ortiz pretende la reconfiguración de la experiencia cotidiana a partir de tres ejes esenciales de la vida: economía (o búsqueda de la sustentabilidad económica, que significa que el artista no deba depender de una beca de estado o el financiamiento privado, debido a que estas instancias suelen recortar los proyectos artísticos a la medida de lo “comprensible” y simplificado), política (la reconfiguración de las relaciones sociales en el terreno específico donde se realizan las acciones) y estética (la reformulación del papel del artista en tanto que éste niega la división social del trabajo que pretende aislarlo en la tarea de embellecer al mundo sin tocarlo, sin transformarlo). 
El registro de Antonio Ortiz, por ello, es el linde, la frontera entre discursos. Sin afán de polémica superficial, Ortiz actúa como clown en algún cumpleaños, coloca a la gente en dinámicas que, dada la visión parcial sobre la propia vida, sólo después asimila como la modificación de su experiencia; otro día imprime flores en un papel comestible para acercarnos la experiencia de la antropofagia y radicalizar el fetichismo estético de quien quisiera literalmente comerse a la Gioconda; derrama sangre y pinta una línea entre un local y la calle, a fin de manifestar la fractura social, haciendo uso de un símbolo tan general y profundo como es la sangre para el imaginario mexicano contemporáneo, donde este material tiene connotaciones específicas ligadas a los fenómenos que giran en torno a la necroeconomía vigente que divide nuestro mundo entre víctimas y victimarios: narcotráfico, secuestro, tráfico de personas, desapariciones, comercio de armas, guerras, etc. 
Por ello, su actividad no pertenece a la historia del arte que se enseña a las escuelas, la historia de los pintores europeos; tampoco pertenece al microuniverso de las prácticas emergentes de los autodenominados artistas contemporáneos oaxaqueños. La obra de Ortiz, como momento culminante, tendría a la mayordomía, el tequio o el mercado autogestivo como realización de esa recomposición de las relaciones humanas que son el objetivo de un arte socializado. Si se entiende esto, se entenderá la actualidad arcaica del Huehue, y el arcaísmo de las relaciones sociales que atraviesa nuestra pretendida modernidad, a la cual debemos recordarle las cuentas pendientes con la naturaleza, a la que ha devastado, y con el hombre, al que ha encasillado y empobrecido en una experiencia monótona del mundo.
________________________________________________________________________________
 1 En el imaginario prehispánico, el Huehue es asociado a la figura del anciano sabio, el maestro de verdad que conoce la tradición y la palabra antigua, conoce las pasiones que mueven el obrar de los seres humanos, conoce el pasado, cómo han sido las cosas y las conductas, por ello puede aconsejar sobre el futuro. 
El Ahuehuete es un árbol que crece cerca de las riberas, alimentando sus días con el río de la vida y el sol del tiempo. Pasivo y activo, contemplativo y convocante son el árbol y el anciano que comparten nombre.
El filósofo Miguel León-Portilla ha dedicado una buena cantidad y calidad de estudios a la función que desempeña este sabio maestro para las culturas originarias de Mesoamérica. En su libro Huehuetlatolli, León-Portilla registra los actos que requieren la intervención del Huehue, mostrando así la importancia que el universo simbólico de la palabra reviste en los asuntos que organizan la vida de los seres humanos.


No hay comentarios:

Publicar un comentario